Relato de un acoso en el autobús ADO

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Jul Cast

hqdefault MÉXICO.- Esta historia es sobre un hombre y una mujer. En esta ocasión, la mujer soy yo. El hombre, como sabrán líneas abajo, es un desconocido al que nunca le vi los ojos pero quien, aun así, supo acercarse a mi cuerpo. Era lunes y estaba decidida a dormir las aproximadamente dos horas de viaje que me tomaría llegar a mi destino laboral. Ocupé el asiento de la ventanilla en un camión ADO.

El hombre de esta historia abordó el camión después que yo. Apenas lo volteé a ver porque me apuré a anidar el cuerpo en el asiento rígido.

Supongo que, para abonar a la imaginación de cada uno de ustedes, es preciso que aclare mi aspecto. Estoy en los treinta pero mi cuerpo es más delgado que lo común, de discretas curvas. Si se me permite decirlo, apelando a que ustedes, lectores, sean de conciencias más que laxas, reflexivas, he jugado en múltiples ocasiones, en la comodidad de mi alcoba, a ser una estudiante preuniversitaria que calza zapatillas de tacones agudos. Incluso mi amante en turno ha soportado valiente y acaloradamente, el filo de esas que bien pueden ser armas. Recuerdo que, en una de esas historias de cama, asumí el control de la noche con una blusa ligera que resaltaba mis pezones sin sostén. Mi falda, a medio muslo, dejaba entrever un diminuto calzón.

busbusSí, seguramente ya tienen una idea errónea de cómo soy. Pero ese lunes, ni zapatillas, ni falda, ni blusa sin sostén; por el frío, por mi trabajo, por las distancias, porque no lo apetecía. Unos vaqueros cómodos, una blusa, una chamarra gruesa y corta y unos botines de medio tamaño. Anticipo, eso sí, que mis ingles estaban tensas porque abarcaba con los pies la maleta de mi computadora. Encima de mis muslos, mi bolso protegido con mis manos.

El hombre, de pasado sexual que desconozco, se sentó a mi lado, ¿habrá mirado mi rostro, ojeado mi cuerpo?, ¿se habrá preguntado por qué portaba unas gafas oscuras cuando aún no amanecía? Cuando olió mi perfume, quizá también mi aliento, ¿cuestionó mi edad, mi procedencia, mi destino, más allá del lugar de partida y arribo del camión? ¿Curioseó con mi profesión, mi estado civil?

Alcé un poco la persiana para admirar el panorama y enseguida me abandoné en un sueño plácido, profundo.

Algunos de sus rasgos los supe después, pero de una vez se los digo para completar la escena en sus mentes: en su mano izquierda portaba un anillo de plata, grueso, pesado; tenía grabadas algunas líneas finas y plateadas en un metal oscuro y amplio con el que remataba como adorno. Sus manos eran largas y de un grosor casi desmesurado. Vestía pantalón caqui y una chamarra ligera azul oscuro. Sus zapatos negros, boleados, eran sencillos al igual que su maleta, y daban la sensación de pertenecer a un

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empleado, específicamente a un administrativo que suele no ensuciarse nunca. Sin embargo, sus hombros, el grosor de sus piernas, lo poco que divisé de su torso y brazos, parecían ser de un sujeto que hace grandes esfuerzos físicos. Ya tendrán sus versiones, supongo; quizá, como yo pensé en aquel momento, lo crean modesto, ahorrador, osco, protector.

No recuerdo si soñaba, pero mi cuerpo estaba por completo inmerso en el descanso. Quizá pasó la primera hora de viaje cuando sentí que ¿su hombro? ¿brazo?, ¿cabeza? estaban muy cerca de mí. Pensé que, por su descanso también profundo, se había recargado en mí sin notarlo, así que me moví bruscamente y él regresó a su espacio. Volví a perderme en el sueño.

Pasó la siguiente hora y desperté por otra invasión. Esta vez no pudo ocultarlo. Cuando abrí los ojos, vi su mano derecha alzada, muy cerca de mi pubis, como una araña que está a punto de atacar. Y justo me quedé inmóvil, como para no provocar que saltara a morderme. Poco a poco pero con gracia -con esa gracia que da la experiencia- apartó su mano, sus brazos, movió todo su ser hacia su lugar. Y yo no supe qué hacer. Mis ojos recorrieron toda su órbita. Como si estuviera prohibido moverse, hablar, seguí con precisión las instrucciones tácitas de cualquier abuso sexual que toma por sorpresa.

acoso-callejero-en-espana-que-opinasYo sé que ahora mismo algunos estallarán en cólera, quizá conmigo porque no lo enfrenté inmediatamente y a gritos. Antes de que continúen con sus arrebatos, dejo claro que al principio dudé de sus tocamientos. Después fue haciéndose cada vez más evidente que los hubo. No había otra forma de explicar su comportamiento corporal y la rigidez de su sueño falso. Evidentemente, mi modorra lo hacía todo más confuso.

Enseguida noté la preocupación generalizada porque el tráfico perjudicaba los horarios laborales de todos los que íbamos en ese autobús. Llevábamos 20 minutos de retraso. “Si armo un alboroto”, pensé, “quizá nos tardemos más. ¿Y si no me creen?”.

De encararlo, tendríamos que esperar a que llegaran los elementos de alguna corporación de una de las policías más cuestionadas del país: la del Estado de México. Y aquello se convertiría en un embrollo legal más o en alentarme para que lo perdonara.

En los 15 minutos restantes, pensé en decenas de frases, de discursos cortos que lo hicieran apenarse una vez que me enfrentara a él cuando bajáramos del autobús, para no incomodar a nadie más con el tiempo. Pero luego lo observé: su anillo, manos, vestimenta, maleta. Su corte de cabello, con canas delito-acoso-sexual-derecho-penalregadas, también evidenciaba a una persona cuadrada, sin riesgos más allá de los que le da su estúpida osadía, su versión de la sexualidad. Me vi disminuida cuando sopesé su corpulencia, su fuerza; en seguida creí que, de decirle alguna de mis reprendas reflexionadas, podría golpearme y echarse a correr o, peor aún, seguirme, espiarme y vengarse de una forma cruel: “¿Será un violador?”.

No fui la heroína de esta historia. Como seguramente lo anticipan, una vez que llegamos a la central y lo vi caminar apresuradamente, perderse en el panorama, me reproché por no saber cómo reaccionar. Y aún no sé qué hubiera sido mejor. ¿Las denuncias funcionan en México?

Días después, un auto se acercó a mí, venían en él varios sujetos y uno de ellos me gritó, sin reparo: “¡Estás bien sabrosa, perra!”. Luego, mientras corría en un camellón cerca de mi casa, dos hombres no mayores de 25 años se acercaron para decirme: “Reina, ¿hacemos un trío?”.

Ahora mismo pregunten a sus madres, hijas, hermanas, primas, amigas, novias, cuántas veces han pasado por algún acoso, hostigamiento o abuso sexual y se alarmarán de la constancia.

Hace más de 10 años, una amiga cercana fue violada por un sujeto que conoció precisamente en un autobús; probablemente entabló conversación con él. Al llegar a su destino, él bajó tras ella y aprovechó un baldío oscuro para atacarla. Aún me estremece su angustia.

Hace cerca de cinco años, el microbús en el que se transportaba mi hermana en la Ciudad de México, fue apartado de su camino y llevado a una zona solitaria para asaltar a los pasajeros y manosear a las mujeres. A ella la tocaron, como a todas, la besaron y le mordieron gravemente el labio, a otras, los senos.

Y puedo seguir citando… Ahora viene a mi mente lo que sufrió otra amiga recientemente: mientras caminaba por la calle a la par que hablaba por su celular, un hombre pasó corriendo y le dio una nalgada. Después de gritar, le contó a su interlocutor el sinsabor que acababa de pasar y el coraje que sentía. El amigo respondió: “Ya deberías de estar acostumbrada”. De verdad, eso dijo. Así está la vida del lado femenino, y sí, claro, los hombres también lo sufren, pero son más victimarios.

imagesDeben saber, hombres, que no importa nuestro aspecto, cómo vivamos nuestra sexualidad, si nuestras maneras de vestir provocan erecciones, fascinación, repulsión incluso. Nada es una indicación ni una invitación a que nos toquen, a que nos digan frases cargadas de erotismo intimidante, grosero, cuando no estemos de acuerdo, cuando no haya una aceptación absoluta, una correspondencia. Por eso conté aquel encuentro al azar, porque a mí me gusta el sexo, los vestidos entallados, las faldas cortas, pero tú no me gustas, hombre del anillo, hombre de esta historia.

Lo que quiero gritar es que no importa si en la cama nos hacemos pasar por corderos, por verdugos, por fieras, por pasivas. No nos interesa que en la calle o en el camión, fuera del espacio que decidamos, nos toquen, nos agredan. Por favor, ¡basta!

DATOS DUROS

  • 47% de las mujeres en México mayores de 15 años, sufrieron algún tipo de violencia, ya sea sexual, física, emocional o económica, durante 2014
  • Estado de México, Ciudad de México, Chiapas, Chihuahua, Guerrero, Oaxaca, Puebla, Nuevo León, Sinaloa y Jalisco son los estados con más feminicidios
  • 6,488 mujeres fueron asesinadas en México entre 2013 y 2015, según datos de la ONU

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