Los mexicanos, emanados de la tragedia y el dolor, según el historiador Rubén Romero

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Al caer Cuauhtémoc, México se sumió en el silencio propio del final de un mundo

Por Norma L. Vázquez Alanís

CdMx.- La Conquista de México fue, por un lado, la violencia, la destrucción, la guerra; por otro, el aprovecharse de estas tierras, porque aquella era una empresa y así la vivieron los conquistadores, quienes invirtieron dinero y fuerza de trabajo, pues el rey no puso un maravedí, él nada más daba el permiso y ya, dijo el doctor en Etnología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencia Sociales de la Universidad Sorbona de Paris, Francia, José Rubén Romero.

Al impartir la conferencia ‘La Conquista de México en el espíritu novohispano’ como parte del ciclo ‘La reconciliación con nuestra historia’, organizado por el Centro de Estudios de Historia de México Carso (CEHM), el también profesor en la Facultad de Filosofía y Letras dela UNAM agregó que los exploradores ponían sus duros (capital) para construir sus embarcaciones y los que tenían poco ponían su persona, otros ponían el caballo, porque era una empresa, y esos conquistadores quisieron -a la manera muy señorial- recuperar lo que habían invertido, pero lo querían recuperar como señores medievales, y ya no era el momento.

Bajo el reinado de Carlos V los colonizadores recibieron encomiendas y reconocimientos, privilegios que con el ascenso al trono de España de Felipe II comenzaron a retirárseles y fue cuando estos conquistadores empezaron a escribir. En esos textos surgió una visión de la Conquista como elemento fundamental, y todo lo que escribieron hubiera sido imposible que expresara un español desde España.

El novohispano fue el que miró la Conquista de esta manera, el que vio esta tierra de esa forma, el que contempló a los indígenas vencidos, tal como lo narraron los cronistas; era el hombre novohispano, que había nacido de una gran tragedia, sostuvo el doctor José Rubén Romero.

¿Qué nos está significando esto?, se preguntó el ponente. Que de alguna manera estos hombres en su subconsciente sabían que provenían de un momento inmensamente trágico y profundamente trascendental, un momento fundante, un momento origen de una realidad, un momento en el que el México antiguo, el México prehispánico, como escribió Bernal Díaz del Castillo, guardó silencio para siempre: desapareció.

Estos hombres fueron inmensamente conscientes de ello y reflexionaron sobre una nueva realidad que no era ni España ni tampoco el México prehispánico, era una evidencia que provenía de un acontecimiento profundamente trágico.

Comentó el doctor Romero, quien es miembro del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, que cuando se inauguró la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, se develó una placa con un texto de Salvador Novo en el cual se recuerda que ahí “se libró la última batalla de una guerra en la que no hubo ni vencedores ni vencidos, sólo el doloroso nacer de una patria”.

Así, dijo, surgió el México del siglo XIX, “no somos prehispánicos, tampoco somos españoles, somos lo novedoso en el mundo, y por eso a pesar de nuestras contradicciones tratamos de ser incluyentes y eso ya es un principio, porque provenimos de una tragedia, provenimos del dolor, provenimos de la destrucción y de la construcción”, manifestó.

La caída de Tenochtitlan significó el final de un mundo

En una noche de tormenta prendieron a Cuauhtémoc y en ese momento, en cuanto el tlatoani de México entregó su cuchillo a Cortés y le dijo: ‘Malinche, mátame’ -y no le estaba diciendo mátame porque quiero ser un héroe, le estaba diciendo mátame porque soy tu esclavo me has tomado en la guerra, así se acostumbraba, era la visión de la guerra prehispánicas, tomar cautivos para el sacrificio-, en ese momento la ciudad de México se sumió en un absoluto silencio, y así lo describió Bernal. Como si antes hubieran estado bajo un campanario y las campanas hubieran estado tocando a rebato y de repente se quedaran calladas y la gente tuviera la sensación de volverse sorda por el silencio tan atroz.

Ese silencio que reseñó Bernal, y que sin duda tuvo lugar, puede tomase como una figura literaria del final de un mundo, porque en 1521 se inició un proceso a través del cual los grupos nativos que habían perdido se encaminaban de alguna manera hacia su desaparición, y que esto que puede sonar terrible era una realidad. Porque la contundencia de la cultura europea que comenzó en 1521, ese 13 de agosto con la caída de Tenochtitlan, se continuó durante tres siglos con la evangelización y la fundación de nuevas ciudades, explicó el especialista.

Estamos ante un acontecimiento rotundo que representó un proceso de cambio cultural muy complejo, considerando cultura en el más amplio sentido del término, que engloba la política, la economía, la sociedad misma y la cultura también, incluyendo el lenguaje, la religión y la comida, precisó el doctor Romero.

En cuanto se apaciguó México-Tenochtitlan, los conquistadores incursionaron en otras áreas de lo que comenzaba ya a ser la Nueva España. No es gratuito que a esta región se le haya llamado Nueva España, con toda la carga que eso tenía, era tal la importancia que tuvo este reino al que muchos conceptuaban como ‘la joya de la corona’.

Llegaron estos españoles que venían a “hacer la América” y se convirtieron en latifundistas valiéndose de la mano de obra indígena y en comerciantes, aquí cabe señalar que primero fueron los propietarios de los tendajones en los mercados, pero con el tiempo serían los comerciantes a nivel mundial.

Y es que la Nueva España se había convertido en estación del comercio mundial, la flota que iba a Filipinas traía mercancías que se compraban, pero también se embarcaban productos en Veracruz que se transportaban hasta Sevilla y después a Cádiz, de donde se distribuían a toda Europa. La Nueva España era el núcleo de productos comerciales y mineros; en el siglo XVII se sabía que el 75 por ciento de la plata que circulaba en el mundo provenía de esta tierra.

El conferenciante apuntó que el sector indígena no desapareció, pero muy pronto comenzó a mezclarse y también estaba el ingrediente negro, que fue importantísimo y que también se mezcló porque durante tres siglos estuvieron llegando negros, de manera que la Nueva España fue como un gran tubo de ensaye.

El hombre novohispano y su visión de la Conquista

El también especialista en historiografía novohispana planteó deducciones acerca de lo que ocurría desde el punto de vista mental y de cómo era el hombre novohispano -y no solamente criollo-, en términos generales y a partir de los textos que escribieron, así como respecto a su percepción de ese momento fundamental que fue la Conquista.

La Conquista tuvo un escenario y este fue la tierra, la naturaleza, y ese escenario fue objeto de observación desde muy pronto por parte de estos hombres novohispanos, y el primer hombre novohispano fue Hernán Cortés, un hombre que se vinculó de tal manera con esta tierra, que dejó estipulado en su testamento que pasado un tiempo sus restos fueran traídos y sepultados en el convento de religiosas que tenía mandado se fundara en la villa de Coyoacán; no se obedeció del todo esta disposición, pero quedó en otra fundación suya que es el hospital de Jesús.

De suerte que Cortés había dejado de ser un español en América o en Nueva España para convertirse en un español de Nueva España, y aquí el cambio de la preposición es muy importante porque es contundente y significativo. Cortés se convirtió en un hombre de la Nueva España y en sus Cartas de Relación manifestó su admiración frente a la naturaleza, esa naturaleza donde se estaba gestando este proceso que fue la Conquista.

Avanzado el siglo XVI, cuando esta sociedad ya estaba más conformada, los verdaderos perdedores fueron tanto los descendientes de los conquistadores, como de los nobles indígenas, pues ya no pudieron gozar del cobro de tributos.

Para finalizar, el doctor Romero explicó que los conquistadores enfrentaron una empresa religiosa, de evangelización, que fue la otra cara de la Conquista, la conquista espiritual y sobre ellos pesaba también la obligación de ganar para Dios estas tierras.

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