RELATO; Que trata de la pobreza que se conoce en torres y una historia de migrantes

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POR JULIA CASTILLO

NO era el tufo de la coladera del baño estrechísimo, ni las cubetas con agua caliente para enjuagar los cuerpos erizados con una jícara de plástico. Tampoco la oscuridad de ese cuarto cuya división entre retrete y regadera no existía. Ni el champú barato que engendraba una concentración vomitiva de cabellos en la coladera más oscura todavía. Una coladera que en primavera debía cubrirse con el peso necesario para que no salieran ratas abochornadas, hambrientas, y hubiera que matarlas a escobazos.

jnp125-1Tampoco era la puerta de madera y frágil seguro, que astillaba las rodillas cuando había que sentarse en el viejo y roto plástico del retrete. Mucho menos el piso del patio que olía siempre a la creolina con que la abuela anulaba los residuos fecales del perro en turno. Ni las cortinas que hacían las veces de puertas en los demás cuartos de esa casita en la Ciudad de México.

Nada de eso era. Yo sorteaba el baño, la casa, a los vecinos adictos y locos que colgaban muñecas sucias y calvas en su jardín, con mi infancia, escribiendo en una libreta forrada con dibujos propios, viendo caricaturas en la televisión, desayunando galletas de animalitos con licuado de chocolate que me preparaba la abuela durante mis vacaciones de verano en su hogar.

Mi alboroto y alivio estaban en el piso de arriba, un lugar improvisado, sin baño oscuro y con ventanas luminosas, de camas duras y más cortinas. El único espacio con libros en esos escasos metros cuadrados que alguna vez albergaron diez vidas juntas. Ese espacio alterno podía ser usado sólo por dos personas, mi abuela y su penúltima hija, mi tía C, la única que vivía con ella en ese entonces. Las visitas no tenían por qué entrar. Pero cuando no estaba C, también era ocupado por mí. No puedo asegurarlo, pero la prohibición de tocar sus libros fue acaso lo que me produjo una necesidad –primero culposa y luego placentera– de leer.

Entre esos libros no apareció El Quijote, ni una maravillosa colección de Julio Verne o Ray Bradbury que me permitiera confundir el repulsivo cuarto de baño, con una habitación que reflejara sólo en esa oscuridad mis quimeras luminosas. Recuerdo libros religiosos, de autoestima y de historias penosas que no eran las propias: novelas Best Sellers, las preferidas para mi empatía precoz con las desgracias ajenas.

Pero los libros no tenían que salvarme de nada porque aún no sabía de estratos. La conciencia de pobreza me era ajena. Qué iba yo a saber de estrechez viajando de la mano de mi madre y de una ciudad pequeña a una colonia de una gran ciudad, qué iba a saber desplazándome apenas por los parques más cercanos, nuevos y viejos, con maleza y sin ella, encantadores a mis sentidos.

pasteleria-gerbaudPero la tía C, la que recelaba sus libros, pensó que mis pasos debían ampliarse y, en unas vacaciones de verano, un día cualquiera me llevó a la Torre Latinoamericana, el edificio más grande que mis ojos habían visto. Pero tampoco fue su construcción hacia el cielo lo que modificó mi percepción, sino la chocolatería que albergaba. Eso fue. Supe entonces de la pobreza, de la mía, la nuestra; de la casas que hospedaban nuestras carencias. Ahí vestí y calcé la estrechez, suspendida primero y luego achicada, con el paladar ensalivado y ante los cristales limpísimos de las vitrinas de acabados que parecían oro, y que encerraban una eterna diversidad de chocolates y dulces. Ahí, al lado de padres que cargaban a sus hijos a la par que bolsos de tiendas departamentales con ropa nueva y juguetes.

No recuerdo si en ese magno reparo, en esa primera vez que me hallé disminuida de bienes, logré pedirle chocolates a la tía C. Pero ella advirtió mi desconcierto. Discreta en actitud, la tía C invocó y prometió tiempos mejores. Según su mirada, en ese futuro estaríamos nosotras sosteniendo bolsas repletas; sonriendo de esa forma que sólo provoca la fortuna o el desconocimiento de la carencia. La más blanca de todas mis tías, la del cabello más castaño, la que aún toman por más solitaria, se agachó a explicarme con voz recia, con esos ojos pequeños color avellana, que en otro momento Ya verás, te compraré muchos chocolates y dulces en esta tienda o en otro lugar; más adelante, güerita. Ahora vamos a las alturas de la torre, le dijo a la más morena de sus sobrinas, a quien muchos años después regalaría, quizá para resarcir, quizá por ser la primera licenciada en su familia, un viaje de graduación gracias a su trabajo en un futuro que no previno como indocumentada en EUA, desde donde mantiene a la abuela con el salario que obtiene cuidando niños y casas; de donde no puede volver más a menos que ya no quiera regresar.

DATO

  • 12 millones 050 mil es el número de migrantes mexicanos en EUA, según “Tendencias sobre la migración internacional 2015” de Naciones Unidas.

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